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Datos e impacto

Rendir cuentas a la comunidad, no solo al financiador

Devolver resultados a quienes participaron es parte del método: formatos que la comunidad entienda, qué datos compartir y qué hacer cuando salieron mal.

Adriana González Perdomo6 min de lectura

El informe final del proyecto tiene 48 páginas, tres anexos y un tablero con doce indicadores. Se entregó al financiador a tiempo y lo aprobaron. Las 160 familias que participaron durante dos años recibieron, al cierre, una tarjeta de agradecimiento y una foto de grupo. Nadie les contó qué se encontró, qué cambió y qué no. Seis meses después, cuando la organización vuelve al mismo corregimiento con otro proyecto, la primera pregunta en la reunión es: «¿Y qué pasó con lo de la otra vez?».

Esa pregunta es, en realidad, una queja educada. La comunidad puso su tiempo, sus datos y su confianza, y recibió a cambio una foto. En HuellaSocial creemos que devolver resultados a quienes participaron no es un gesto de cortesía ni un capítulo opcional del informe: es parte del método. Si no se devuelve, el proceso quedó incompleto.

Por qué importa

Hay tres razones, y ninguna es sentimental.

La primera es ética. Las personas que respondieron encuestas, asistieron a talleres y dejaron que alguien registrara sus datos lo hicieron con una expectativa implícita: que eso sirviera para algo que ellas pudieran ver. Si el único destino de esa información es un financiador en otra ciudad, se les usó como fuente y no como parte.

La segunda es metodológica. Los resultados de un proyecto social no están completos hasta que la comunidad los ha visto y ha dicho si reconoce en ellos lo que vivió. He visto hallazgos que parecían sólidos en la oficina y que, al presentarlos en una asamblea, resultaron tener una explicación que nadie en el equipo había imaginado. La devolución es la última etapa del análisis, no una actividad posterior.

La tercera es práctica. La organización va a volver a ese territorio. La próxima convocatoria será más fácil o más difícil según lo que haya pasado al final de la anterior. Rendir cuentas es también construir la relación para el siguiente proyecto.

En la tradición de trabajo comunitario en Colombia esto no es nuevo. Materiales como la cartilla A construir juntos, de Foro Nacional por Colombia, vienen planteando desde hace años que la participación no termina en la consulta, sino en el control de lo que se hizo con ella. Lo que proponemos aquí es llevar esa misma lógica a los proyectos sociales de cualquier organización.

Formatos que la comunidad entienda

El informe de 48 páginas no es un formato de devolución. Tampoco lo es la presentación con las mismas diapositivas que se usaron con el financiador. La devolución se diseña para quienes la reciben, y eso cambia según el territorio, la edad, el nivel de lectura y el tiempo del que disponen.

Algunos formatos que hemos usado:

  • Asamblea de devolución. Una reunión de dos horas, convocada con el mismo cuidado que las actividades del proyecto, donde se presentan cinco o seis resultados en lenguaje llano, con tiempo para preguntas y desacuerdos. Funciona cuando la comunidad ya tiene el hábito de reunirse. Lo que se diga ahí se registra y pasa a formar parte del informe.
  • Cartilla de ocho páginas. Texto corto, letra grande, ilustraciones o fotos del propio proceso, una página por resultado. Se imprime y se deja en las casas, la escuela, la tienda. Sirve para que la información circule entre quienes no fueron a la asamblea.
  • Audio. Un mensaje de cinco a siete minutos, grabado por alguien del equipo que la comunidad conozca, enviado por WhatsApp o puesto en la emisora comunitaria si la hay. Es el formato que más lejos llega en zonas rurales y con personas que no leen con facilidad.
  • Cartelera en un lugar común. Un pliego con tres o cuatro números grandes y una frase por cada uno. Lo más básico y a veces lo más eficaz.

Una corporación de nueve personas que trabaja en seguridad alimentaria en el sur del Tolima cerró el año pasado un proyecto de huertas con 80 familias en cuatro veredas. Hizo las cuatro cosas: una asamblea por vereda, una cartilla, un audio de seis minutos y una cartelera en cada caseta comunal. La asamblea tuvo la asistencia esperada; el audio lo escucharon familias que nunca habían ido a una reunión. Lo supieron porque en las semanas siguientes les llegaron preguntas por WhatsApp de personas que no estaban en ninguna lista.

Qué datos compartir

No todo. Y aquí hay que pensar con cuidado.

Lo que sí se comparte: los resultados agregados del proyecto (cuántas familias, qué cambió, qué no), los aprendizajes del equipo, las decisiones que se tomaron a partir de lo que la comunidad dijo, y lo que la organización va a hacer después. También lo que el financiador recibió, en términos generales: la comunidad tiene derecho a saber qué se contó sobre ella.

Lo que no se comparte: datos que permitan identificar a una familia o persona concreta. En una vereda de 20 familias, decir «tres hogares no lograron cosechar» puede ser suficiente para que todos sepan cuáles. Los datos sensibles (salud, ingresos, situaciones de violencia) nunca se devuelven de forma que puedan atribuirse. Antes de la devolución, alguien del equipo revisa cada cifra con esa pregunta: ¿esto señala a alguien?

Un criterio que nos sirve: la comunidad debe poder reconocerse en el conjunto sin que nadie pueda reconocer a su vecino.

Qué pasa cuando los resultados son malos

Este es el momento en que muchas organizaciones deciden no hacer devolución. Si el proyecto no logró lo que prometía, ¿para qué contarlo?

Para lo mismo que antes, y con más razón. La comunidad ya sabe que no salió bien; lo vivió. Lo que no sabe es si la organización lo reconoce. Una devolución honesta de un resultado pobre construye más confianza que diez devoluciones de resultados buenos. La inversa también es cierta: una organización que desaparece cuando las cosas salen mal no vuelve a ser creída.

Cómo hacerlo: con claridad y sin dramatismo. Se dice qué se esperaba, qué se logró, qué creemos que explica la diferencia, y qué vamos a cambiar. Se pide a la comunidad su lectura, porque casi siempre tiene una parte de la explicación que el equipo no vio. Y se asume la responsabilidad que corresponde sin trasladarla al financiador, al clima ni a la comunidad misma.

En el caso del Tolima, una de las cuatro veredas tuvo resultados muy por debajo de las otras. La asamblea de esa vereda fue la más larga y la más útil. Salió una explicación (un problema de acceso al agua que el diagnóstico inicial no había registrado) y un acuerdo para el siguiente ciclo. Si la organización no hubiera ido, habría quedado la versión de que el proyecto «no sirvió».

Por dónde empezar

  1. Incluye la devolución en el cronograma y en el presupuesto desde el diseño del proyecto. Si está al final y sin recursos, no se hace.
  2. Elige dos formatos según el territorio: uno presencial y uno que circule sin que la organización esté presente (cartilla, audio, cartelera).
  3. Antes de presentar, revisa cada dato con la pregunta de si señala a alguien. Agrega o elimina lo que haga falta.
  4. Registra lo que la comunidad dice en la devolución y añádelo al informe. Esa es la última página del análisis.

Si quieres que lo miremos juntos, una conversación de 20 minutos basta. En dar seguimiento, aprender y ajustar la devolución a la comunidad es una de las piezas con las que cerramos cada ciclo.

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